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Ocultos y a la vista de todos: El sistema ceremonial otomí en la sierra de las Cruces y Montealto, Estado de México

EL SISTEMA CEREMONIAL OTOMÍ EN LA SIERRA DE LAS CRUCES Y MONTEALTO, ESTADO DE MÉXICO

Sala María Sabina


Del 31 de agosto al 30 de septiembre

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A través del registro fotográfico, Carlos Arturo Hernández Dávila nos muestra el sistema ceremonial otomí en la sierra de las Cruces y Montealto en el Estado de México. Los otomíes han mantenido en ambos lados de la cordillera una presencia milenaria y gustan de peregrinar a los cerros, porque cada uno de estos es un centro en sí mismo. Esta exposición está dedicada a estos hombres y mujeres quienes siguen salvaguardando la memoria ritual en favor de la vida.

Historia

Las montañas de la sierra de Las Cruces y Motealto se levantan inmutables, separando al valle de México de la Cuenca de México. Destaca entre ellas el Cerro de La Campana, en los límites de Huixquilucan y Lerma, municipios del Estado de México. Desde varios pueblos, a este cerro han subido, antes en secreto y ahora también, los socios del Divino Rostro, conocidos también como m’befi o “trabajadores del tiempo”, elegidos por medio del golpe del rayo. Suben a trabajar sobre todo en noches especialísimas: ano nuevo, pascua, la Trinidad y el 15 de agosto. Pero hay otros espacios de similar importancia: el Huameyalucan (Acazulco, Ocoyoacac, Mex.), El Pocito (Ayotuxco, Huixquilucan, Mex.), La Verónica (Huitzizilapan, Lerma, Mex.) y Santa Cruz Tepexpan (Jiquipilco, Mex.) marcan para otomíes y mazahuas del valle de Toluca las cuatro esquinas del mundo, cuyo centro es precisamente el cerro de La Campana. Al sistema que forman estos puntos orográficos, los mëfi le conocen como El Rosario.

La población otomí (autodenominada hñañú, hñätho ó hñötho) ha mentenido en ambos lados de la cordillera una presencia milenaria, en vecindad con otros grupos de la misma familia otopame, como los mazahuas, los matlatzincas, los tlahuicas y otros grupos de clara influencia nahua. En la casa de la sierra que mira hacia la zona metropolitana de la ciudad de México, los otomíes mantienen una presencia efectiva en las zonas montañosas de Huixquilucan y Naucalpan. En la vertiente que desciende al valle de Toluca, los otomíes habitan una extensa zona entre los municipios de Lerma, Ocoyoacac, Otzolotepec, Temoaya, Xonacatlán y Temoaya.

Pero los otomíes gustan de peregrinar a los cerros, porque cada uno de estos es un centro en sí mismo, y las deidades que los habitan son considerados “hermanitos” entre sí. Pero en otros sitios de la sierra, como en La Tablita de Temoaya, habita la Serena Mantezuma, dueña de manantiales, de las aguas subterráneas que brotan del corazón del inframundo para discurrir en medio de los pueblos, si bien formalmente este papel se asigna también a la Virgen de Guadalupe. El cristianismo de largo aliento que se impuso en esta región desde el siglo XVI logró fusionar atributos, propiedades y las faenas de los dioses en el mantenimiento del orden cósmico. Si en los pueblos “mandan” los santos, el monte es propiedad del Divino Rostro y la Guadalupana. Y entre ambos grupos de entidades, destacará el tiempo festivo y nefasto del Carnaval, fiesta de los ancestros, los “huihuinchis”, que vienen desde el inframundo a quemar los toros en los atrios de los templos, que es una celebración en donde lo impuro, lo nefasto y lo antiguo toman posesión temporal sobre el mundo de los vivos, el mundo solar.

Aquí y en los demás cerros, los mëfi “tapan” y “destapan” los orificios recónditos de los cuales emergen la nube y la lluvia. En cada cerro hay “trojes” de piedra donde se colocan canastos llenos de ofrendas que el Dueño del Monte convertirá en maíz y fruta en las milpas y huertos de los pueblos del valle. Los mëfi depositan sus ofrendas de hierbas medicinales, carne de pollo, rana y pescado, tamales, pan de concha, plátanos, naranjas y flores, acompañados del humo del copal y melodías de violín, invocando secretas plegarias en otomí que sólo los más ancianos aún conocen. Piden vida y salud, lluvia y maíz, y se les escucha con frecuencia declarar que su trabajo chamánico se hace “con gusto/con armonía”.

El cerro come, el Divino Rostro reclama “su taco”, y cuando los mëfi saben cumplir con esta tarea, la derrama de beneficios sobre el mundo se vuelve una realidad irrebatible. “Nosotros pedimos la nube, la lluvia, la salud y la cosecha. No la pedimos para nosotros: pedimos para todo el mundo”, sostiene uno de estos trabajadores, quien sabe que su tarea no es siempre bien vista. “Nos dicen brujos, pero yo les digo que si no fuera por los brujos nadie comería el maíz en los pueblos: nosotros estamos dando el mantenimiento”, sentencia con valiente dignidad el mëfi mayor de Xochicuautla. Esta exposición está dedicada a estos hombres y mujeres quienes, a pesar de continuos ataques y descalificaciones desde la época de la Colonia y hasta el día de hoy, siguen salvaguardando la memoria ritual en favor de la vida.

Una vez concluidas sus altas responsabilidades, descienden desde las montañas a vender fruta, escobas o escaleras de aluminio; o a sembrar y cuidar borregas o a ejercer sus oficios como albañiles, herreros y carpinteros en las ciudades de México y Toluca. Retoman su vida ordinaria y se mezclan con el mundo sin que éste sepa que son ellos y ellas quienes los sostienen. Dueños del silencio y maestros en el arte de la discreción, el sigilo y el misterio, los otomíes caminan entre nosotros, siempre ocultos y a la vista de todos.

Cosechando

Galería de Arte Ocultos y a la vista de todos: El sistema ceremonial otomí en la sierra de las Cruces y Montealto, Estado de México

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